Aunque el blog sigue de vacaciones, me ha llegado este cuento de mi amiga Remedios Noay que me gustaría compartir. Espero que os guste. Muy pronto volveré a publicar cosas.
LOS CABALLEROS DEL VIENTO
Dos ejércitos que desde siempre habían sido enemigos irreconciliables, los ultramares y los ultramontanos, decidieron unirse para declarar la guerra a los caballeros del viento que ostentaban el poder legítimo con justicia y equidad y con gran reconocimiento por parte de una sociedad de ciudadanos satisfechos. Ello ocurrió hace ya muchos años en un país muy lejano, donde ya casi nadie recuerda.
Como el ejército de estos últimos era el más fuerte y el más preparado para la batalla, no dudaron los primeros en recurrir a los servicios de mercenarios desertores que habían pertenecido a los caballeros del viento. Habían desertado por no estar de acuerdo con aquello de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley y por no poder obtener sus privilegios. Uniéronse muy convencidos al serles prometida una parte del botín de guerra.
La guerra acabó muy pronto, con una sola batalla ya que los mercenarios y sobre todo las mercenarias, que también las hubo, lucharon encarnizadamente con gran ensañamiento y crueldad contra sus antiguos compañeros de armas. Iban a conseguir la parte más suculenta del botín, y al mismo tiempo doblegarían a los ciudadanos convirtiéndolos en siervos. Ellas y ellos fueron los auténticos vencedores de la Gran Batalla del Resentimiento y como consecuencia provocaron el inicio de la era más triste y oscura de la historia de su país. Pobres nobles caballeros, se descuidaron en la vigilancia a sus enemigos y luego yacieron con sus cabezas cortadas, su sangre derramada y sus miembros esparcidos por los solares patrios, triste final para los confiados.
Celebraron la victoria con una gran fiesta en la que se repartieron las riquezas obtenidas, oro, plata, diamantes, esmeraldas, zafiros, rubíes, malaquitas, lapislázulis aguamarinas y las joyas más hermosas jamás vistas por aquellos lugares. Ya entrada la noche la fiesta se convirtió en una gran bacanal, se asaron carneros, bueyes, venados, faisanes, perdices, se consumieron grandes quesos, pescados en salazón, dulces exquisitos, delicias turcas, pasteles de miel y otros manjares. Se contrataron orquestinas y trovadores que halagaban con sus músicas y canciones las miserias y vanidades de los vencedores. Corrió el vino que salía de unos grandes recipientes de barro, y que una vez vacíos los rompían en una especie de ritual orgiástico, no quedó ninguno. En plena efervescencia etílica danzaron desnudos hombres y mujeres alrededor de las hogueras como si de rollizas ninfas y faunos bajitos se tratara, improvisándose prostíbulos con un voluntariado de meretrices ocasionales. Se quemaron pergaminos de un valor incalculable, comprometidos expedientes, manuscritos incunables, proyectos de progreso por ejecutar, o sea una fiesta pagana como las de antes.
A la mañana siguiente, con los ultramares, los ultramontanos y los desertores, en plena resaca por el gran volumen de vino ingerido, diéronse cuenta de que en el botín esquilmado no estaban los dos tesoros más preciados de los caballeros del viento, que eran la dignidad y la verdad, tesoros de los que los usurpadores y los impostores no sabían de su existencia. Eso es lo que tienen en común los gobernantes codiciosos, que no se entretienen con tonterías porque con la dignidad y la verdad no obtienen beneficios. Utilizan con destreza sus armas, que suelen ser las mentiras y las calumnias, y consiguen someter a los vasallos a su voluntad y capricho.
Conscientes en su ignorancia del valor de estos dos tesoros, los buscaron infructuosamente, porque los honorables caballeros del viento, los pocos que no perecieron, los habían puesto a buen recaudo reservándolos para las buenas gentes, ahora sometidas, que habían perdido la guerra.
Cuentan los cronistas de aquellos tiempos remotos que los ultramontanos, los ultramares y los mercenarios y mercenarias desertores jamás pudieron tener un mínimo de dignidad, ni poseer la verdad y que tampoco obtuvieron la estima de sus súbditos. Lo que en su lugar consiguieron fue ser despreciados y maldecidos, como siempre les ocurre a los impostores y a los usurpadores. También cuentan que los caballeros del viento que sobrevivieron no se dieron por vencidos, que allá en los valles escondidos ya se estaban preparando para la siguiente batalla.
REMEDIOS NOAY





